3 días de vacaciones y al final no he hecho ni la mitad de lo que quería. Lo de ordenar no es lo mío, aunque el monstruo maligno que vive en mi armario me lo pide a diario. Pero lo de ser vaga se ha convertido en algo ya ineludible entre las cosas que hacer en el día a día, qué irónico.
Y es que el tiempo no me inspira actividad. Es época de calma, justo ahora acaba de empezar a nevar, y al igual que el felino que vive por aquí, me quedo embobada mirando por la ventana, viendo cómo caen los copos de algodón, intentando desentrañar las estructuras perfectas de los cristales de hielo. ya ha parado, ha sido breve, como las cosas buenas.Ayer noche, mientras me escribía y leía con/a personas varias y empleaba las horas nocturnas para temas diversos, de repente se acabó la música del reproductor del portátil.
Silencio.Me dí cuenta que hacía tiempo que no lo "escuchaba". Vivimos en una era ajetreada en la que el silencio brilla por su ausencia, siempre tenemos los sentidos trabajando, el oído es uno de los más utilizados junto con la vista. Bomardeo continuo.
Podemos estar sin tocar una piel deseada, o en un ambiente en el que no somos conscientes de los olores, podemos estar tranquilamente sin comer o beber. Pero el oído y la vista, sin embargo, están permanentemente conectados con nuestra mente. nos hemos acostumbrado a visionar a todas horas todo lo que se nos ponga por delante, a notener "respiro" de sonidos, los innumerables de la calle, las conversaciones propias y las cercanas en un bar en el que también estamos escuchando música, en el trabajo, la gente, los teléfonos, las máquinas, el sonido del tren al volver a casa camuflado entre la música que llevamos puesta o el libro que leemos, los gemidos y susurros en nuestros momentos más animales, etc.
Pero, ¿y el silencio? ¿cuándo nos dedicamos a él? Sólo cuando vamos a dormir, y a veces ni eso es posible, dependiendo de la hora. Cuando se acabó la música anoche fue como si se hubiese parado el mundo. Por un momento, la realidad te golpea en la cara. Estuve un buen rato en silencio y fue reconfortante. Sin embargo, no sé si esto es bueno o malo, en el silencio muchas veces sólo estamos nosotros mismos, y bueno, no siempre nuestra propia compañía es la más adecuada, así que puse la música de nuevo. Otra vez será.
Dejé un rato todo lo que estaba haciendo y me dediqué a envolverme del todo en ella, a leer las letras, a ver cómo los temas hablaban por sí solos, a apreciar la asociación entre el mensaje y la forma, que cuadraba a la perfección. Qué arte tan estupendo el de la música y cómo nos salva muchas veces de las miles de cosas que nos preocupan, de los peligros que nos encontramos día a día, de nosotros mismos otras veces, cómo nos ayuda a intentar conectar con el mundo de forma diferente a como se hace a diario.
Está viva. Nos hace estar vivos.
He buscado algo que intentase expresar lo que quiero decir, y lo he encontrado perfectamente reflejado en una bella frase de hace un par de siglos:
En la música todos los sentidos vuelven a su estado puro
y el mundo no es sino música hecha realidad.
(Arthur Schopenhauer)

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